Un mundo de algodón de azúcar

Era su primera Navidad, así que pidió el mayor deseo que tenía su pequeño corazoncito y escribió en la carta para Santa: “deseo que todas las personas del mundo sean felices”. La dobló y la puso en la bota de tela roja que su madre siempre ponía detrás de la puerta.

Al otro día, despertó antes de tiempo, con un sol violeta que le pegó en la cara. Cuando abrió los ojos y miró por la ventana, se quedó boquiabierto; no podía creer lo que veía. La tierra era rosada, como el algodón de azúcar y había muchísimos niños corriendo de un lado a otro, saltando entre ese pegajoso piso. Algunos comían pedazos de este rico dulce de algodón de azúcar y otros se los tiraban a la cara, riendo a carcajadas. Lloraban de tanta risa y se daban abrazos, embarrándose más el cuerpo. Pero lo más raro y gracioso era que todos esos niños eran los mismos adultos que conocía.  Todos estaban convertidos en niños. 

Se dio cuenta de que aquello no era más que un sueño, así que volvió a su camita y se tapó con la sábana de pies a cabezas.

Cuando despertó estaba muy feliz, porque sabía que Santa lo había oído y le había regalado el mejor sueño y la mejor idea para que su deseo se cumpliera. A partir de ese día, cada vez que un adulto se sentía triste, le decía:

 –Come un poco de algodón de azúcar

Como era un niño muy noble, todos le hacían caso y al momento de probar el dulce, sus rostros mostraban una amplia sonrisa, de forma mágica.

Desde el Polo Norte Santa sonreía, pues ni siquiera tuvo tiempo de recibir la carta. Aquel pequeño niño había convertido su propio deseo en realidad con algo tan simple como soñar con un mundo de algodón de azúcar.

Imagen: Pixabay

SALTANDO TRAS LA LUNA

¿Porqué no estar saltando
tras la Luna?
Intentando alcanzarla,
siempre con la sonrisa
en la cara.
No hay mayor ilusión que
los sueños que creemos
irrealizables,
pero ahí están
esperando que demos
el salto adecuado
para poder alcanzarlos.
Bajar la Luna al suelo,
a nuestro lado
Entregártela envuelta
en papel de regalo.
No dejemos de saltar
hasta alcanzar la Luna
Nuestros sueños están
a un salto,
esperando.

La primera mariposa

Todos le decían que era una oruga y ella no lo entendía, pues siempre creyó que era una mariposa, aunque todas sus hermanas le decían que era una simple oruguita, como ellas.

Llegó el invierno y tenía mucho frío, así que se hizo un abrigo muy fino y brillante que la matendría calentita por un tiempo. Era tan cómodo, que se quedó dormida en su abrigo por varios meses.

Cuando los primeros rayos del sol de la primavera se colaron por la tela de su abrigo, despertó. Sintió unas ganas enormes de moverse y bailar; y así lo hizo, bailó durante horas, hasta que el abriguito cayó al piso. Dejó que el sol le calentara la cara y rió feliz. Descubrió que, como todas las orugas, se había convertido en una mariposa.

Mientras volaba por las nubes vio a sus hermanas, que también bailaban felices, porque sabían que algún día serían bellas mariposas como ella.

La Luna y la estrella (Poesía Jazzz)

Por fin llegó la tan esperada noche,

aquella estrella que un día se sintió la más pequeña, llegó al baile.

Hubo un profundo silencio, pues fue la luna quien vestía de gala,

la compañera de esa estrella quien no cabía de emoción,

sus ojos se llenaban de vida al compás de cada paso

y su brillo dibujaba una sonrisa que a todos hizo enmudecer.

Los exploradores del tiempo-2.LA HABITACIÓN LILA

    La pandilla de los cinco exploradores habían comenzado su misión: Viajar en el tiempo.

     La tienda de campaña de Julián convertida en máquina del tiempo se iluminó como una estrella fugaz y fueron lanzados a una velocidad de miedo por un túnel oscuro y lleno de curvas hasta que frenó de repente. Los exploradores de la Historia no se atrevían a salir de la tienda para ver si, de verdad, había funcionado el invento de Julián, pero Carla, que era la más valiente, decidió asomarse por la abertura.

     — ¡Ooooh! Esto es una habitación —exclamó Carla.

     — ¡Lo sabía! Es imposible construir una máquina del tiempo —refunfuñó Pablo.

     — No, no. Es otra habitación —decía Carla con la cabeza fuera de la tienda

     — A ver… ¡Quiero verla! —dijo Paloma, a la que le encantaba el misterio.

     Los exploradores salieron y se encontraron en un cuarto pequeño con dos puertas y los muebles de color amarillo y antiguos.

     Rafa hacía gestos extraños con la cara, como le pasaba siempre que se ponía nervioso.

     —  ¡Orejas desconchadas! —dijo Rafa para no soltar un taco— Es Vicent Van Gogh.

     Y es que, en la habitación, había un hombre pintando, y tenía una venda que le tapaba una oreja.

     — ¡Ay, mi madre! —se quejó Pablo mientras se tapaba la cara con una mano. —A ver quién es el guapo que explica esto.

     Julián se vio en la obligación de pedir perdón al pintor por ser él quien había inventado la máquina del tiempo.

     — Perdone, señor. Estamos viajando en el tiempo y hemos aterrizado en su dormitorio sin querer.

     — Ja, ja, ja —se rió Carla. Le había hecho mucha gracia la explicación de Julián.

El hombre tenía la boca abierta del susto.

  —  Pero ¿Quiénes sois? —Preguntó el pintor.

— Venimos del siglo XXI —siguió Julián—. Estamos probando mi máquina del tiempo.

      — ¡Dichosos mocosos! ¡Fuera de mi habitación! —gritó Van Gogh y les lanzó un pincel que cayó dentro de la tienda.

  Todos corrieron a la máquina del tiempo y Julián apuntó al agujero negro que los devolvería a su casa. Ninguno de los chicos se dio cuenta del regalo que Vicent Van Gogh les había hecho con su pincel.

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LOS EXPLORADORES DE LA HISTORIA

Imagen de Cabecera: La habitación de Arlés de Van Gogh. Dominio Público. Wikimedia.org

Olga Lafuente.

Los exploradores del tiempo-1.TODO DISPUESTO PARA LA MISIÓN

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     El cuarto de Julián era como un laboratorio del futuro: tenía tubos que llegaban al techo con grandes gotas de agua luminosas que subían y bajaban, se oían sonidos de la naturaleza como el mar o el viento, también había una moqueta que parecía césped y muchos, pero muchos, aparatos raros que él encontraba.

     Julián tenía muy pocos amigos: él casi no hablaba y no le gustaba mirar a los ojos, además, no entendía los chistes, pero construía inventos geniales que a nadie más se le podrían ocurrir, y a los amigos que tenía les encantaba ir a su casa para utilizar sus invenciones.

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     Estaba Paloma, a quien le gustaban los libros de misterio y de policías, y era extraordinaria en descubrir quién era el malo antes que los demás.

  Carla era muy valiente, siempre estaba corriendo, saltando y trepando, pero, a veces, se metía en líos por no pensar las cosas antes de hacerlas y sus amigos tenían que ir en su ayuda.

     Pablo era el serio del grupo: muy obediente, hacía sus tareas y estudiaba siempre, aunque al resto del grupo le encantaba chincharle un poco porque Pablo era muy gruñón, y sus amigos se lo pasaban en grande cuando lo sacaban de quicio.

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     Y Rafa era el más extraordinario: la gente lo miraba extrañada porque él hacía muchos gestos raros con la cara y, cuando se ponía nervioso, soltaba tacos sin querer, así que aprendió un truco: en vez de decir palabras malsonantes, trataba de decir otras más normales como “¡pepinillos!” o “¡tornillos desgastados!”, lo que provocaba, aún, más confusión entre la gente que estaba cerca, pero sus amigos se divertían de lo lindo cuando eso pasaba.

     El viernes por la tarde, estaban todos en el cuarto de Julián para conocer su nuevo invento: “la máquina del tiempo”. Este había descubierto que existían millones de agujeros negros microscópicos en la Tierra, que se podían utilizar para ir a un lugar del pasado. Un poco peligroso sí que era porque no sabrían a dónde irían pero, con tal de no perder el agujerillo negro que los había transportado, no pasaría nada; al menos, eso decía Julián.

     La máquina del tiempo era la tienda de campaña; allí habían colocado el ordenador de la mamá de Julián conectado a los mandos de la Wii. Cuando dispararan al agujerito negro elegido, todos se transportarían a un lugar en el tiempo; ninguno quería perderse esa oportunidad.

     Fue Carla la que eligió el agujero negro microscópico de todos los que se veían en el cuarto y, cuando Julián accionó el mando, el interior de la tienda se iluminó de color blanco intenso y, en un instante, desaparecieron de la habitación.

     Los exploradores del tiempo habían empezado su primera gran aventura.

Olga Lafuente.

¿SOMOS DIFERENTES?

¿Somos diferentes?
¿Qué es lo que sientes?
Manos entrelazadas
unidas creando un
nuevo mañana,
sin ver del color
que son, ni el origen,
ni su condición.
Manos de niños que
piensan en diversión.
La misma ilusión.
La misma risa que
brota de su interior.
¿Qué más da el color,
religión, condición o país?
La sonrisa no es diferente,
ni el corazón que late a la
izquierda, ni la roja sangre
que fluye por nuestras
venas.
¿Somos diferentes?
Dime qué es lo que sientes.

El niño y la flor

Había una flor triste y solitaria,

en un jardín olvidado.

Era tan pequeñita, que todos se habían ido de la casa

y entre los arbustos la habían dejado.

Era más roja que el sol ardiente

pero nadie la veía desde la calle.

Aunque pensaba que algún día sería grande,

que un día crecería,

este día, en que todos se fueron,

la olvidaron.

Sus lágrimas, del tamaño de una hormiga,

corrían como un río por su tallo y sus espinas

y nadie oía sus gritos desesperados.

Pero fueron estas mismas hormiguitas,

las nobles obreras de la tierra

que a sus pies se habían quedado,

que llamaron a aquel niño que pasaba por la calle,

cantando, despreocupado.

Le hicieron cosquillas con sus paticas

y el niño no tuvo mas remedio que mirar;

y lo que miró fue lo más hermoso.

Era la flor más bonita que había visto,

con pétalos tan suaves y brillantes

como la seda que nunca había tocado.

Le dio un beso, el más amoroso,

secó sus lágrimas

y por la magia de su beso,

la pequeñita rosa creció.

Estaba tan feliz, que hasta el cielo se empinó.

Tocó al Sol y a la Luna,

con las estrellas bailó.

Se sintió libre y agradecida,

abrazó a su pequeño nuevo amigo

y en ese abrazo,

como el mismo universo, aquella amistad se hizo enorme.

El niño ahora es un adulto, todo un hombre

que cada día, con el primer rayo del sol,

antes de ir a trabajar,

sale al jardín de aquella casa que compró

y le da un beso y el mejor “buenos días”

a su eterna amiga, la flor.

El fantasmita Balulú

El fantasmita Balulú

no tenía amigos

con quien jugar,

se sentaba solo en el parque

y se ponía a llorar.

 

Llegó nuevo a un colegio

donde todos los fantasmas

ya se conocían,

nadie hablaba con él

¡parecía que no lo veían!

 

Pero un día todo cambió

al convertirse en el campeón

de un juego de clase,

y es que en mates no había

fantasma que le ganase .

 

Cuando le preguntaron

a Balulú qué premio

le gustaría ganar,

dijo sin dudar:

¡que ningún fantasmita

esté solo  nunca más!

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