Los sueños de Gara

Gara sueña descalza

para no estropear

sus sueños,

imagina mil aventuras

en las que triunfa

por su empeño.

Fantasías de mil colores

la acompañan

cada día,

su camino, un arcoiris,

por el que salta

con alegría.

Gara sueña mil sueños,

de los que solo ella

es la reina.

Gara busca lo que quiere

y sonríe si el viento

la despeina.

La nube Chaparrón

La nube Chaparrón
salió un día al balcón
y estaba tan lindo todo
que decidió dar un paseo,
con su sombrilla de sueños
y su vestido de algodón.
Mientras volaba por el cielo
vio a un niño triste y pequeño
que no podía salir
y gritaba a toda voz:
“Quiero que llueva, mamá.
Quiero mojarme un poquito
y jugar con los barquitos
de papel multicolor
que me regaló papá”.
Así que a la nubecita
se le prendió el bombillito
de la imaginación
y entonó la cancioncita
de la lluvia y la alegría.
Y llovió.
Pero el niño no salió.
Es que no tuvo que hacerlo,
porque desde su balcón
se mojó en un chorro grande
que caía desde el techo,
mientras miles de barquitos,
bailaban con la canción
y las gotitas de agua
de la nube Chaparrón.

Imagen: Pixabay

Sofía y el aburrimiento

Sofía se aburría
encerrada en su casa.
quería ir al parque
o jugar en la playa.

Sofía se aburría
sin ver a sus amigos,
por mucho que pensase
no encontraba peor castigo.

Sofía se aburría
pensando en el aburrimiento,
los días eran eternos,
¡te juro que no te miento!

Sofía se cansó
de tanto aburrirse,
encendió su imaginación,
¡ya era hora de divertirse!

NUBES TRISTES

Las nubes tristes
se han ido.
Del cielo han desaparecido.
Se han marchado pues
los árboles ya no han
cantado su canción
que a las nubes habían
enamorado.
Busquemos las nubes,
esas que se han marchado.
Los árboles lloran.
Se están marchitando.
El sol sufre,
su calor todo lo
está abrasando.
La lluvia desespera,
las nubes con ellas
se las han llevado.
Que vuelvan las nubes
dicen los animales
mirando al cielo,
esperando su regreso.
Los árboles cantan
esperando que las
nubes escuchen su
llamada.
¡Por ahí!
Gritan las aves.
La tormenta se acerca.
Las nubes llorando de
alegría regresan.
Todos están felices.
Las nubes regresan.
La lluvia riega.
El sol desaparece.
Los árboles vuelven
a estar verdes.

La miel es para todos

Al pasar por el jardín
vi a una linda abejita.
Estaba tan ocupada,
cantando y bailando
con la oruga,
su amiguita,
que no notó
que yo estaba mirando.
Tenía un taza de miel a su lado
y yo, hambriento
no me pude aguantar.
La tomé y me fui corriendo.
Y justo cuando creí
que no lo iba a notar,
me gritó:
“¡Detente bribón!
Esta miel no es solo para ti;
es para todos los niños del mundo
tienes que aprender a compartir”.
Desde ese día como miel
con mis amiguitos
y la oruga y la abeja
nos acompañan
con sus canciones
y bailecitos.

Imagen: Pixabay

RÍO (2. El pacto)

2. EL PACTO

Año XXX del reinado de Ismael II, el Impasible

 

Río llevaba casi dieciocho años en el orfanato de Ciudad Perdida; como la mayoría de niños, desconocía sus orígenes y la fecha exacta de nacimiento y, como la mayoría de niños, celebraba su cumpleaños el día que había sido entregada a esa nueva vida. Mientras podaba el seto del jardín pensó qué haría cuando cumpliese la mayoría de edad; en su caso el día uno del año entrante. Quedaban dos semanas para que el año diera fin y ya llevaba otras tantas sin poder conciliar el sueño ante la aventura de lo desconocido.

Siempre que trabajaba en el jardín llevaba el cabello en un semirrecogido en bucle; aunque la mayor parte del tiempo escondía sus ojos de forma parcial detrás de los mechones de su flequillo. Esa mirada que eran dos gotas de mar trascendía al interior de las personas que la contemplaban y extraían la pureza de su interior o la maldad que albergaban. En contraposición, cuanto más observaban las distintas tonalidades de su iris con la intención de profundizar en su ser, ella más información sacaba del pasado de quien tenía en frente. Muchos de los datos habría deseado no conocerlos jamás, otros le sirvieron de gran ayuda y luego estaba eso que ella denominaba la semilla de oscuridad que todos llevaban dentro y que se alimentaba de forma tan dispar como el carácter del individuo anfitrión.

Además, de poder leer en los ojos de las personas quienes fueron, leía sus mentes; de ese modo aprendió pronto que el discurso de los adultos tenía un porcentaje de mentiras, secretos y una dosis de manipulación dirigida a la consecución de sus metas. Le agotaba el doble diálogo que escuchaba con total nitidez: lo que se dice y lo que se piensa.

Entró en el invernadero, uno de sus lugares preferidos del recinto; se aseguró de que estaba sola y no sería vista por nadie antes de vaporizar las flores y plantas con un vaho que procedía de su propias manos. Entonaba una melodía que le sonaba familiar, en un idioma desconocido que jamás había escuchado; a pesar de eso, estaba segura del mensaje que transmitía:

Hay sueños de los que nunca se despierta

porque son nuestra propia vida.

Los recuerdos de agua y sal no nos pertenecen

porque estuvieron antes que nosotras

y llegará el momento en el que regresarán

al lugar donde nacieron.

El ciclo de la vida

es el ciclo del agua;

sin un origen,

sin un final,

en un fluir constante.

 

       Erin Mayer pertenecía a esa clase de mujeres dotadas de porte y elegancia de forma innata. Disfrutaba realizando peinados imposibles de repetir dos veces en su hermosa melena color azabache. Sus ojos de miel no siempre mostraban todo cuanto era ni lo que era capaz de hacer. Creía con firmeza que siempre había que guardarse no solo un as, sino todo un mazo de barajas en la manga. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero se sentía mucho más joven. Desde que Río llegó a las puetas del orfanato, los días que antes le habían resultado tan pesados se transformaron en un aprendizaje y aventuras constantes. Sabía que no estaba bien tener a una de las niñas como protegida; aunque ya había aprendido que era algo que se escapaba de su voluntad. Estaba convencida que de algún modo había sido elegida para cuidar de Río e intentar que controlara y dominara los poderes que tenía: telepatía, leía el pasado en los ojos de las personas como si se trataran de libros abiertos, y era capaz de transformarse en agua y desplazarse como parte de una corriente. También, manifestaba la posibilidad de comprender y comunicarse en una gran cantidad de idiomas, incluso en lenguas muertas que solo los escribas y amantes del pasado utilizaban. Se preguntaba si contaría con más dones que aún no habían descubierto o no se habían manifestado y la repercusión y el alcance de los que ya poseía.

Pasó por distintas fases antes de asumir que Río no era humana, o al menos, no una humana cualquiera. Físicamente, se parecía a una muchacha de su edad dotada de una gran belleza, pero su composición no. Nunca se ponía enferma y sus heridas se curaban con el contacto del agua, cicatrizaban casi de forma inmediata sin dejar marcas ni señales. Intentó encontrar respuestas en los libros, en leyendas arcanas que dejaron de parecerle leyendas y se transformaron en posibilidades. No obstante, de seres como ella no se había escrito nada o se trataban de esos libros prohibidos que no existen y que, como mandaba la tradición, cualquier biblioteca respetable tenía al menos uno custodiado en cajas de seguridad.

Todo lo que envolvía a Río, su pequeña, le resultaba misterioso y excitante al mismo tiempo. Las monedas de oro que Espectral le ofreció como tributo las guardó en una caja que, había heredado de su familia transmitida de generación tras generación y, se remontaba a más de trescientos años de antigüedad. Cuando la abría no estaban y cuando la cerraba escuchaba el sonido de las monedas si la zarandeaba. Por supuesto, recordaba el peso de la caja y había variado considerablemente. Valoró la posibilidad de colocarlas en otro lugar, aunque con nulo resultado. «No se puede coger lo que no se ve», imaginó que debía ser así porque pertenecían a Río y se protegían de manos ajenas. Si la memoria no le fallaba eran desconocidos. Cada rey acuñaba las monedas con la imagen de alguna divinidad que consideraba mejor representaba su personalidad; sin embargo, de entre los elegidos (vacos, hermes, martes, musas, surias…) ninguno había optado por el dios Desconocido. Se dijo, «ese reinado está por llegar y a Río se le encomendará un papel». El actual rey acuñó surias en homenaje al dios sol hindú que se representaba conduciendo un carro tirado por siete caballos. Y las brujas que decían de ellas mismas que no existían, habían profetizado siete penalidades antes de que el reinado tocara a su fin. Todas esas penurias estaban presentes e iban creciendo, alimentándose como sanguijuelas que iban engordando mientras sangraban a los poblados.

Acarició la caja de madera habitada por la reproducción en oro del dios Desconocido antes de guardarla en la caja fuerte. Se sentó en la mesa de su despacho para apuntar en el libro de cuentas las facturas que acababan de llegar. Dejó escapar el aire por la boca en un suspiro profundo que guardaba tantos secretos y recuerdos que tendría que contar a Río antes de que se marchara y no sabía por dónde empezar.

Muchas de las personas contra las que tendría que lidiar se presentarían como amigos, con el único objetivo de ganar su confianza para aprovecharse de sus dones o para verla caer de forma estrepitosa, entretanto se relamerían los labios de gusto. Sin ir más lejos, remembró un fragmento de la conversación que mantuvo con el director del orfanato, el señor Benton Brown hacía algunos años:

—Necesitamos un nuevo jardinero. Río es demasiado pequeña para llevar tanto trabajo.

—Hasta ahora ha sabido apañárselas —contestó con aspereza el director.

—Solo tiene once años, apenas tendrá tiempo para estudiar y hacer las cosas típicas de las niñas de su edad.

Benton se acercó a Erin y la miró con crudeza; recordó su apodo, El hueso. No obtendría nada de él sino jugaba bien las cartas.

—Verá, Erin, —se tomó la licencia de tutearla como muestra de superioridad— ambos sabemos que no es una niña normal, a pesar de tu gran empeño para que lo parezca. Algunos niños la tachan de bruja y le tienen miedo. Hasta tal punto de que, si ella entra en una habitación común, muchos salen o se mantienen alejados.

Benton se acercó a la chimenea y removió las ascuas, de espaldas continuó hablando.

—No olvides que aquí las paredes oyen y los pasillos tienen ojos. —Se refería a las cámaras de seguridad instaladas en las zonas comunes y de tránsito. —Nadie ha olvidado el incidente que tuvo con James Byrne.

—Tenía cinco años cuando eso ocurrió y él llevaba meses molestándola. Era un niño que le doblaba la edad, la estatura y el peso. Él la empujó, fue un acto reflejo —replicó Erin controlando su lengua tanto como pudo. El director pareció leerle el pensamiento.

—Sí, no lo negaré, ese niño era un auténtico incordio para todos; pero fue ella quién le lanzó cuchillos de hielo.

—No fueron cuchillos de hielo.

—Entonces, ¿cómo llamarías a los fragmentos de hielo que salieron de sus manos? —Benton se giró y la contempló sin compasión. —No lo sabe, ¿verdad? Ni yo tampoco. Todo lo que gira en torno a esa niña resulta un auténtico misterio y da escalofríos.

Erin notó la presencia de Río y las disculpas por el viejo suceso se proyectó dentro de su cerebro. Chasqueó la lengua, habría preferido que no escuchara aquella conversación.

—Desde ese accidente no ha vuelto a suceder nada similar, lo sabe tan bien como yo.

—Yo lo único que sé, que de haber sucedido algo por el estilo, lo habría tapado. Protege demasiado a esa niña y algún día se dará cuenta de lo equivocada que estaba. Quizás entonces sea demasiado tarde. —Volvió a esgrimir el argumento con el que cerraba cualquier discusión con la gobernanta. —No debí atender a sus súplicas, deberíamos haberla trasladado a otro tipo de centro después de aquel accidente.

«¿A qué tipo de centro? ¡A uno que la habría diseccionado como un bicho raro y sometido a pruebas hasta matarla?», pensó la señora Mayer. Se lamentó de tales pensamientos, puesto que sabía que Río los escuchaba con total nitidez. La respuesta tardó unos segundos: «no te preocupes, Nini, me gusta ese trabajo; así aprenderé un oficio con el que ganarme la vida».

—Está bien, puede que mantenerla ocupada con el jardín sea lo mejor para todos —admitió conciliadora. Obvió añadir nada sobre la amenaza que había tendido sobre el traslado de la niña. —Para prevenir posibles repercusiones legales le haré un contrato de trabajo con una paga por sus servicios.

—Come y duerme en el orfanato, ¿le parece poco? El resto de los niños también asumen tareas y no cobran por ellas.

—Exacto. Pequeñas tareas que no les llevan más de una hora al día. Ella asumirá el puesto de trabajo del jardinero, que aquí vivía y comía, y su sueldo era uno de los más altos del orfanato.

—¿Se ha vuelto loca? —preguntó airado.

—Me he vuelto justa. Con el trato todos ganamos. Tendrá un oficio cuando salga de aquí y contará con ahorros para empezar por su cuenta. —Obvió mencionar las monedas que le entregó Espectral. Era un secreto que se llevaría a la tumba y que, llegado el momento, se las daría a Río como lo que eran: su herencia. —Evidentemente, no cobrará. Al tratarse de una niña tan pequeña buscaré la forma más idónea de guardar lo que vaya ganando.

—No. No tiene ningún sentido. En ese caso, prefiero contratar a un jardinero —advirtió Benton.

—Tendrán que ser dos.

—¿Qué quiere decir?

—El rey ya ha solicitado sus servicios en palacio en más de una ocasión. Le recuerdo que le prepara los centros de mesa florarles para sus festines. Seguro que estará encantado y se mostrará agradecido con el orfanato si la envío a la corte a tiempo completo.

Erin escuchó de nuevo la voz de Río: «no quiero irme, Nini, por favor. Todo el mundo sabe que ese hombre es malo. Provoca incendios, envenena las aguas potables, infecta poblados de plagas y se sienta en su gran trono de la Atalaya para ver cómo padecen sus súbditos». Erin le contestó: «no te preocupes, mi niña, es un farol. ¿Recuerdas lo que significaba?». La mujer escuchó su risa, «deberían llamarte El hueso a ti y no a él».

Benton no estaba dispuesto a ceder sin regatear las condiciones. Sabía que, si se marchaba con el rey, necesitaría dos jardineros. No se explicaba cómo aquella niñita insignificante era capaz de llevar a cabo el trabajo de dos hombres. Perdería una gran suma de ingresos de los señores que querían el mismo centro de flores que el rey. Ya contaba con varios encargos que por el momento guardaba en secreto y que se embolsaría en su propio bolsillo. Por descontado, no contaría con los favores del rey si era Erin quien le proporcionaba en bandeja lo que más deseaba.

Río comunicó los pensamientos del director a Erin.

—Es demasiado sueldo para una niña tan pequeña. Quizás, lo mejor sea contratar a un jardinero a jornada completa y otro por horas. Y que Río vaya a la corte.

La señora Mayer esperaba aquella jugada así que sonrió complacida.

—Así lo haré. Voy a preparar los trámites —dio la conversación por concluida y se dirigió a su despacho.

A los pocos minutos el director apareció. Tocó en la puerta, aunque esta permanecía abierta de par en par.

—De acuerdo, contrataremos a Río como jardinera.

—Perfecto. Además, realizaré publicidad para que los ricachones puedan encargar el mismo centro floral que el rey. Los beneficios nos permitirán realizar reformas en el orfanato.

Benton esgrimió una sonrisa helada mientras apretaba la mano de la gobernanta en señal de pacto. No sabía cómo, pero aquella endiablada niña estaba detrás de todo aquello. Juró venganza.

Alicia Adam

Río portada definitiva

Ilustración: Andrea Obregón Mantecón

ES LA HORA

Es hora de comenzar
a soñar, la realidad
puede esperar.
Razonar no está de más,
pero la imaginación hay
que dejarla volar.
Que extienda sus alas,
si no, se marchitarán
como las hojas de las flores
a las que hace falta regar.
Deja que vuele libre.
No hagamos caso a quién
en la razón quiere oprimirte.
Es hora de alcanzar este
tren que nos espera en el
andén.
Recorrer cada parada,
estación,
sensación,
emoción,
a la que estemos
destinados a llegar.
Y si el destino es distinto
a lo que el viaje ha establecido,
cambiémonos de sitio
y viajemos siendo dueños
de nuestro camino.
Extendamos las alas de
la imaginación.
Juguemos una partida
de cartas con naipes de
nubes blancas, negras
o pardas,
esponjosas o densas.
Seamos capaz de jugar a
marcar un gol usando la
luna como balón.
Creámonos capaces de
iluminar nuestras noches
con un sol como bombilla
de nuestra habitación.
Creámonos capaces de
realizar todos nuestros
sueños.
Es hora de comenzar
a volar, a caminar
a través de senderos
y puentes que a nuestros
sueños nos conducirán.

Milú (la perrita artista). Capítulo 2

Milú estaba tan contenta de ser la mascota del equipo. Su único trabajo era dar saltitos para animar a las niñas bailarinas en los ensayos, pero eso le causaba mucha emoción.

Elsa ya no le ponía ropas que le molestaran en el cuerpo, solo algunas cintas en la cabeza y gorritos graciosos. Milú siempre los escogía. Si daba un ladrido, quería decir que “sí le gustaba” y si daba dos, que “no le gustaba”. Esa era la señal para saber qué ponerle y qué no.

Ana se mantenía siempre callada, pero observante. En todo momento estaba pendiente de la perrita. Ella también sabía lo que era ponerse ropas que te causan molestias. Su mamá siempre le hacía ponerse medias que le daban calor, cintas apretadas en el pelo, lazos en la cintura y faldas que le daban picazón en las rodillas.

Pero ahora estaban ensayando para una gran presentación y la profesora ya había mostrado los disfraces que debían usar.

Esta vez, Milú no se salvaría. Tendría que usar un tutú. Elsa y Luisa estaban nerviosas. Desde que la profesora le dijo que debían ponerle un tutú a Milú, sabían que la perrita daría dos ladridos fuertes, respondiendo “no me gusta”.

Todas las niñas llevarían tutú y Milú también debía hacerlo.

El día de la presentación, Elsa y Luisa salieron a bailar en el primer grupo. Ana esperaba su turno para salir en el próximo baile, con el segundo grupo.

Casi a punto de salir a escena, Ana sintió un ruido detrás de una cortina y fue a ver de qué se trataba. Era Milu, que estaba escondida, tratando de quitarse el tutú rosado. Ya lo había roto casi por completo, pero se detuvo al ver que la habían sorprendido.

Ana la miró con cariño y una pequeña carcajada que no pudo evitar. Se rió y le dijo: guau guau.

Milú se puso contenta. Ana había dicho no, a su manera de niña, claro. Así que se puso lo que verdaderamente le gustaba y esperó al final del espectáculo para salir.

Cuando salió a escena, todos se quedaron sorprendidos y estallaron en risas. Jamás habían visto a una perra con una gorra de pelotero.

 

Gorra de pelotero: gorra, gorra de “beisbol”. La que lleva MIlú en la fotografía.

 

 

Los exploradores del tiempo-4.UN SEÑOR MUY INGLÉS (Continuación)

……………………………………………………………………………………………………………………………….

—¿Que hemos ido a otra dimensión? —siguió Pablo— Y ¿Ahora qué somos? ¿Muñecos?

—¡Fi…f…f…fid…fideos enredados! —tartamudeaba Rafa.

Todos sabían que Rafa, cuando sentía la necesidad de soltar un taco, decía algo relacionado con lo que estaba pasando, pero en este caso, no tenían ni idea de qué relación había ahí con los fideos.

—Fideos enredados… –repitió el hombre que estaba sentado.

El caballero los miraba sin inmutarse, como si la aparición de una tienda india con cinco niños dentro fuese algo normal allí.

—Curioso —continuó— ¿Se trata de algún reniego? o ¿de un cándido subterfugio para confundir al espectador?

Los chicos se quedaron pasmados por la forma de hablar de Phileas Fogg. No se estaban enterando de nada.

—¿Eh? —Fue lo único que acertó a decir Rafa.

—Me refiero a esa expresión sobre fideos acompañada de tan abundantes gestos faciales.

—No lo puedo evitar —contestó Rafa—. Cuando me pongo nervioso, digo palabras malsonantes y mi padre me dijo que las cambiara por lo primero que se me viniera a la cabeza.

—Muy astuta estrategia —dijo el caballero—. Tengo un colega al que le ocurre lo mismo. Se lo comentaré. Por favor —siguió el inglés dirigiéndose a Rafa—, dígale a su padre que venga al club un día de estos. Me encantaría conocerlo.

—“No creo que al padre de Rafa le encantara tanto. Ja, ja, ja” —dijo por lo bajo Carla.

—Y bien —continuó Phileas—, ¿me explicarán ustedes cómo han aparecido aquí, de repente?

Como a Pablo no le hacía ninguna gracia estar en un lugar que no era real, hablando con un caballero que no existía, decidió contestar rápido para volver a su casa lo antes posible.

—Pues verá usted, señor Fogg. Esta tienda india es una máquina del tiempo y hemos viajado desde el futuro por equivocación. No tendríamos que estar aquí, sino en un sitio…más…ehm… No se moleste usted, pero tendríamos que estar en un sitio más real.

A Phileas Fogg se le abrieron los ojos como a una rana de ojos celestes y se puso pálido. Julián se llevó la mano a la frente como si así consiguiera hacerse invisible.

—¡JA, JA, JA! Pero, qué ocurrentes son estos muchachos.

El estruendo de la risa de Phileas hizo que acudiera su criado Passepartout. Los chicos, asustados, corrieron a la tienda para regresar, pero Paula siguió la conversación:

—Señor Phileas, no es nada extraño. Si usted pudo dar la vuelta al mundo en ochenta días, en el futuro se podrán hacer viajes más extraños.

—¿La vuelta al mundo en solo ochentas días? —dijo sorprendido el inglés—. Yo, apenas, he salido de Londres, señorita.

—Genial —refunfuñó Pablo—. Encima nos hemos equivocado de momento.

Carla metió a Paula en la tienda de un empujón, y para despedirse dijo:

—Bueno, pues ya volveremos cuando haya hecho usted el viaje ¿eh? —Y desaparecieron.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el criado

—Vaya. Se han ido sin explicarme el truco. Passepartout —Phileas se volvió hacia su criado—, estos jovencitos me han dado una idea. ¿Cree usted que podríamos dar la vuelta al mundo en ochenta días?

Olga Lafuente.

Tienda de campaña india bajo cielo estrellado.
Foto de Chait Goli en Pexels

Milú (la perrita artista)

–¿Una perra puede llevar tutú?–preguntó Luisa.

–No lo sé, pero igual se lo pondré –dijo Elsa, decidida.

La perrita debía ganar el Concurso de Belleza Animal, así podría ser la mascota del equipo de Ballet del colegio.

Pero a la pequeña Milú no le hacía gracia llevar aquellas ropas apretadas, que le causaban picor en el cuerpo. Además, sentía como la tela se le enredaba entre los pelos y le dolía. Quería librarse de aquel disfraz. Se arañaba con las patas, tratando de zafarse todo eso del cuerpo. Pero nada funcionaba, la ropa seguía en el mismo lugar.

Pero Milú no sabía que alguien la observaba, escondida entre una cortina rosada. Era Ana, la niña más callada del colegio, que siempre estaba pendiente de todo, mirando lo que los demás no veían, o quizá sí veían, pero no le prestaban atención.

Cuando empezaron a llamar a los concursantes, Elsa se giró para cargar a su perrita. Entonces pegó un grito muy alto; Milú se había ido.

Corrió de un lado a otro, llamándola. Buscó debajo de las sillas, detrás de las cortinas, dentro de los armarios y hasta en las gavetas. Sabía que una perra no cabía en una gaveta, pero estaba desesperada. Luisa la ayudaba gritando el nombre de la mascota. Pero todos los intentos fueron en vano; Milú no apareció.

Elsa comenzó a llorar con lágrimas gruesas que mojaron sus zapatos y Luisa la abrazó y se unió a su llanto.

Entonces oyeron el nombre de Milú. La estaban llamando por los altavoces. Ya le tocaba el turno de salir y no había rastros de ella por ningún sitio.

Elsa y Luisa seguían llorando sin parar.

En ese momento llegó Ana y las tocó a las dos. Las tres oyeron aplausos y miraron hacia el escenario. Allí estaba Milú, hermosa y contenta, desfilando, como toda una artista.

–Las ropas le molestaban, se las he quitado–dijo Ana.

Pero no se las había quitado en verdad, sino que las había sustituido por una bella corona de cintas que Milú lucía con gracia y alegría.

Era la mejor perrita artista que habían visto y sería la mejor mascota que cualquier equipo pudiera tener.

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