La nube Chaparrón

La nube Chaparrón
salió un día al balcón
y estaba tan lindo todo
que decidió dar un paseo,
con su sombrilla de sueños
y su vestido de algodón.
Mientras volaba por el cielo
vio a un niño triste y pequeño
que no podía salir
y gritaba a toda voz:
“Quiero que llueva, mamá.
Quiero mojarme un poquito
y jugar con los barquitos
de papel multicolor
que me regaló papá”.
Así que a la nubecita
se le prendió el bombillito
de la imaginación
y entonó la cancioncita
de la lluvia y la alegría.
Y llovió.
Pero el niño no salió.
Es que no tuvo que hacerlo,
porque desde su balcón
se mojó en un chorro grande
que caía desde el techo,
mientras miles de barquitos,
bailaban con la canción
y las gotitas de agua
de la nube Chaparrón.

Imagen: Pixabay

Milú (la perrita artista). Capítulo 2

Milú estaba tan contenta de ser la mascota del equipo. Su único trabajo era dar saltitos para animar a las niñas bailarinas en los ensayos, pero eso le causaba mucha emoción.

Elsa ya no le ponía ropas que le molestaran en el cuerpo, solo algunas cintas en la cabeza y gorritos graciosos. Milú siempre los escogía. Si daba un ladrido, quería decir que “sí le gustaba” y si daba dos, que “no le gustaba”. Esa era la señal para saber qué ponerle y qué no.

Ana se mantenía siempre callada, pero observante. En todo momento estaba pendiente de la perrita. Ella también sabía lo que era ponerse ropas que te causan molestias. Su mamá siempre le hacía ponerse medias que le daban calor, cintas apretadas en el pelo, lazos en la cintura y faldas que le daban picazón en las rodillas.

Pero ahora estaban ensayando para una gran presentación y la profesora ya había mostrado los disfraces que debían usar.

Esta vez, Milú no se salvaría. Tendría que usar un tutú. Elsa y Luisa estaban nerviosas. Desde que la profesora le dijo que debían ponerle un tutú a Milú, sabían que la perrita daría dos ladridos fuertes, respondiendo “no me gusta”.

Todas las niñas llevarían tutú y Milú también debía hacerlo.

El día de la presentación, Elsa y Luisa salieron a bailar en el primer grupo. Ana esperaba su turno para salir en el próximo baile, con el segundo grupo.

Casi a punto de salir a escena, Ana sintió un ruido detrás de una cortina y fue a ver de qué se trataba. Era Milu, que estaba escondida, tratando de quitarse el tutú rosado. Ya lo había roto casi por completo, pero se detuvo al ver que la habían sorprendido.

Ana la miró con cariño y una pequeña carcajada que no pudo evitar. Se rió y le dijo: guau guau.

Milú se puso contenta. Ana había dicho no, a su manera de niña, claro. Así que se puso lo que verdaderamente le gustaba y esperó al final del espectáculo para salir.

Cuando salió a escena, todos se quedaron sorprendidos y estallaron en risas. Jamás habían visto a una perra con una gorra de pelotero.

 

Gorra de pelotero: gorra, gorra de “beisbol”. La que lleva MIlú en la fotografía.

 

 

Milú (la perrita artista)

–¿Una perra puede llevar tutú?–preguntó Luisa.

–No lo sé, pero igual se lo pondré –dijo Elsa, decidida.

La perrita debía ganar el Concurso de Belleza Animal, así podría ser la mascota del equipo de Ballet del colegio.

Pero a la pequeña Milú no le hacía gracia llevar aquellas ropas apretadas, que le causaban picor en el cuerpo. Además, sentía como la tela se le enredaba entre los pelos y le dolía. Quería librarse de aquel disfraz. Se arañaba con las patas, tratando de zafarse todo eso del cuerpo. Pero nada funcionaba, la ropa seguía en el mismo lugar.

Pero Milú no sabía que alguien la observaba, escondida entre una cortina rosada. Era Ana, la niña más callada del colegio, que siempre estaba pendiente de todo, mirando lo que los demás no veían, o quizá sí veían, pero no le prestaban atención.

Cuando empezaron a llamar a los concursantes, Elsa se giró para cargar a su perrita. Entonces pegó un grito muy alto; Milú se había ido.

Corrió de un lado a otro, llamándola. Buscó debajo de las sillas, detrás de las cortinas, dentro de los armarios y hasta en las gavetas. Sabía que una perra no cabía en una gaveta, pero estaba desesperada. Luisa la ayudaba gritando el nombre de la mascota. Pero todos los intentos fueron en vano; Milú no apareció.

Elsa comenzó a llorar con lágrimas gruesas que mojaron sus zapatos y Luisa la abrazó y se unió a su llanto.

Entonces oyeron el nombre de Milú. La estaban llamando por los altavoces. Ya le tocaba el turno de salir y no había rastros de ella por ningún sitio.

Elsa y Luisa seguían llorando sin parar.

En ese momento llegó Ana y las tocó a las dos. Las tres oyeron aplausos y miraron hacia el escenario. Allí estaba Milú, hermosa y contenta, desfilando, como toda una artista.

–Las ropas le molestaban, se las he quitado–dijo Ana.

Pero no se las había quitado en verdad, sino que las había sustituido por una bella corona de cintas que Milú lucía con gracia y alegría.

Era la mejor perrita artista que habían visto y sería la mejor mascota que cualquier equipo pudiera tener.

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