EN EL PARQUE

Dos columpios tristes
y distantes.
Ya no hay nadie.
Los niños se divierten
en otra parte.
Consolas, móviles, juguetes
que les hacen distantes.
Ya casi nadie va a divertirse
al parque.
Los columpios languidecen
entre recuerdos de días
mejores.
El silencio ya no se llena
de risas.
Los niños por ahí ya
no se prodigan.
Los columpios lloran
la ausencia de las
inocentes risas.
Pero la esperanza renace
con cada nuevo juego
que en el parque se
pergeña.

Un mundo de algodón de azúcar

Era su primera Navidad, así que pidió el mayor deseo que tenía su pequeño corazoncito y escribió en la carta para Santa: “deseo que todas las personas del mundo sean felices”. La dobló y la puso en la bota de tela roja que su madre siempre ponía detrás de la puerta.

Al otro día, despertó antes de tiempo, con un sol violeta que le pegó en la cara. Cuando abrió los ojos y miró por la ventana, se quedó boquiabierto; no podía creer lo que veía. La tierra era rosada, como el algodón de azúcar y había muchísimos niños corriendo de un lado a otro, saltando entre ese pegajoso piso. Algunos comían pedazos de este rico dulce de algodón de azúcar y otros se los tiraban a la cara, riendo a carcajadas. Lloraban de tanta risa y se daban abrazos, embarrándose más el cuerpo. Pero lo más raro y gracioso era que todos esos niños eran los mismos adultos que conocía.  Todos estaban convertidos en niños. 

Se dio cuenta de que aquello no era más que un sueño, así que volvió a su camita y se tapó con la sábana de pies a cabezas.

Cuando despertó estaba muy feliz, porque sabía que Santa lo había oído y le había regalado el mejor sueño y la mejor idea para que su deseo se cumpliera. A partir de ese día, cada vez que un adulto se sentía triste, le decía:

 –Come un poco de algodón de azúcar

Como era un niño muy noble, todos le hacían caso y al momento de probar el dulce, sus rostros mostraban una amplia sonrisa, de forma mágica.

Desde el Polo Norte Santa sonreía, pues ni siquiera tuvo tiempo de recibir la carta. Aquel pequeño niño había convertido su propio deseo en realidad con algo tan simple como soñar con un mundo de algodón de azúcar.

Imagen: Pixabay

SALTANDO TRAS LA LUNA

¿Porqué no estar saltando
tras la Luna?
Intentando alcanzarla,
siempre con la sonrisa
en la cara.
No hay mayor ilusión que
los sueños que creemos
irrealizables,
pero ahí están
esperando que demos
el salto adecuado
para poder alcanzarlos.
Bajar la Luna al suelo,
a nuestro lado
Entregártela envuelta
en papel de regalo.
No dejemos de saltar
hasta alcanzar la Luna
Nuestros sueños están
a un salto,
esperando.

¿SOMOS DIFERENTES?

¿Somos diferentes?
¿Qué es lo que sientes?
Manos entrelazadas
unidas creando un
nuevo mañana,
sin ver del color
que son, ni el origen,
ni su condición.
Manos de niños que
piensan en diversión.
La misma ilusión.
La misma risa que
brota de su interior.
¿Qué más da el color,
religión, condición o país?
La sonrisa no es diferente,
ni el corazón que late a la
izquierda, ni la roja sangre
que fluye por nuestras
venas.
¿Somos diferentes?
Dime qué es lo que sientes.

El niño y la flor

Había una flor triste y solitaria,

en un jardín olvidado.

Era tan pequeñita, que todos se habían ido de la casa

y entre los arbustos la habían dejado.

Era más roja que el sol ardiente

pero nadie la veía desde la calle.

Aunque pensaba que algún día sería grande,

que un día crecería,

este día, en que todos se fueron,

la olvidaron.

Sus lágrimas, del tamaño de una hormiga,

corrían como un río por su tallo y sus espinas

y nadie oía sus gritos desesperados.

Pero fueron estas mismas hormiguitas,

las nobles obreras de la tierra

que a sus pies se habían quedado,

que llamaron a aquel niño que pasaba por la calle,

cantando, despreocupado.

Le hicieron cosquillas con sus paticas

y el niño no tuvo mas remedio que mirar;

y lo que miró fue lo más hermoso.

Era la flor más bonita que había visto,

con pétalos tan suaves y brillantes

como la seda que nunca había tocado.

Le dio un beso, el más amoroso,

secó sus lágrimas

y por la magia de su beso,

la pequeñita rosa creció.

Estaba tan feliz, que hasta el cielo se empinó.

Tocó al Sol y a la Luna,

con las estrellas bailó.

Se sintió libre y agradecida,

abrazó a su pequeño nuevo amigo

y en ese abrazo,

como el mismo universo, aquella amistad se hizo enorme.

El niño ahora es un adulto, todo un hombre

que cada día, con el primer rayo del sol,

antes de ir a trabajar,

sale al jardín de aquella casa que compró

y le da un beso y el mejor “buenos días”

a su eterna amiga, la flor.

Taller de escritura: 1. Mi mascota, ¡qué historión!

Te propongo 2 actividades:

1. Mi mascota. Imagina que tienes una mascota y le pones un nombre divertido. Puedes usar las siguientes fórmulas. Fíjate en los ejemplos.

– Verbo + adverbio: Despiertamañanas (para un gallo).
– Nombre + adjetivo: Lunazul (para una gata).
– Haciendo la palabra esdrújula + -r o -l final: Sábanar (para un perro).

2. Historión. Inventa una historia para explicar a tus amistades por qué se llama así tú mascota. Recuerda debe ser fantástica, tu mascota se lo merece.

Sábanar
Lunazul
Despiertamañanas

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