Las musarañas

“¡Vives pensando en las musarañas!”
Le dijo la abuela a Sandra
y ella se quedó pensando
en esos animalitos,
que seguro andaban
todo el día como ella
volando por mundos mágicos.
Pero no sabía cómo eran,
nunca los había visto.
¿Y tú, sabes lo que son?
Tal vez sí o tal vez no.
Pero igual te lo diré.
Son pequeños peluditos
que parecen ratoncitos;
y aunque realmente no vuelen
ni vivan en mundos mágicos,
en secreto sí lo hacen,
como Sandra y como tú,
porque pasan todo el día viajando
de hoja en hoja
de los libros que nos hablan
de los cuentos más bonitos.

Fotografía: Pinterest (editado con PhotoDirector)

La nube Chaparrón

La nube Chaparrón
salió un día al balcón
y estaba tan lindo todo
que decidió dar un paseo,
con su sombrilla de sueños
y su vestido de algodón.
Mientras volaba por el cielo
vio a un niño triste y pequeño
que no podía salir
y gritaba a toda voz:
“Quiero que llueva, mamá.
Quiero mojarme un poquito
y jugar con los barquitos
de papel multicolor
que me regaló papá”.
Así que a la nubecita
se le prendió el bombillito
de la imaginación
y entonó la cancioncita
de la lluvia y la alegría.
Y llovió.
Pero el niño no salió.
Es que no tuvo que hacerlo,
porque desde su balcón
se mojó en un chorro grande
que caía desde el techo,
mientras miles de barquitos,
bailaban con la canción
y las gotitas de agua
de la nube Chaparrón.

Imagen: Pixabay

La miel es para todos

Al pasar por el jardín
vi a una linda abejita.
Estaba tan ocupada,
cantando y bailando
con la oruga,
su amiguita,
que no notó
que yo estaba mirando.
Tenía un taza de miel a su lado
y yo, hambriento
no me pude aguantar.
La tomé y me fui corriendo.
Y justo cuando creí
que no lo iba a notar,
me gritó:
“¡Detente bribón!
Esta miel no es solo para ti;
es para todos los niños del mundo
tienes que aprender a compartir”.
Desde ese día como miel
con mis amiguitos
y la oruga y la abeja
nos acompañan
con sus canciones
y bailecitos.

Imagen: Pixabay

Milú (la perrita artista). Capítulo 2

Milú estaba tan contenta de ser la mascota del equipo. Su único trabajo era dar saltitos para animar a las niñas bailarinas en los ensayos, pero eso le causaba mucha emoción.

Elsa ya no le ponía ropas que le molestaran en el cuerpo, solo algunas cintas en la cabeza y gorritos graciosos. Milú siempre los escogía. Si daba un ladrido, quería decir que “sí le gustaba” y si daba dos, que “no le gustaba”. Esa era la señal para saber qué ponerle y qué no.

Ana se mantenía siempre callada, pero observante. En todo momento estaba pendiente de la perrita. Ella también sabía lo que era ponerse ropas que te causan molestias. Su mamá siempre le hacía ponerse medias que le daban calor, cintas apretadas en el pelo, lazos en la cintura y faldas que le daban picazón en las rodillas.

Pero ahora estaban ensayando para una gran presentación y la profesora ya había mostrado los disfraces que debían usar.

Esta vez, Milú no se salvaría. Tendría que usar un tutú. Elsa y Luisa estaban nerviosas. Desde que la profesora le dijo que debían ponerle un tutú a Milú, sabían que la perrita daría dos ladridos fuertes, respondiendo “no me gusta”.

Todas las niñas llevarían tutú y Milú también debía hacerlo.

El día de la presentación, Elsa y Luisa salieron a bailar en el primer grupo. Ana esperaba su turno para salir en el próximo baile, con el segundo grupo.

Casi a punto de salir a escena, Ana sintió un ruido detrás de una cortina y fue a ver de qué se trataba. Era Milu, que estaba escondida, tratando de quitarse el tutú rosado. Ya lo había roto casi por completo, pero se detuvo al ver que la habían sorprendido.

Ana la miró con cariño y una pequeña carcajada que no pudo evitar. Se rió y le dijo: guau guau.

Milú se puso contenta. Ana había dicho no, a su manera de niña, claro. Así que se puso lo que verdaderamente le gustaba y esperó al final del espectáculo para salir.

Cuando salió a escena, todos se quedaron sorprendidos y estallaron en risas. Jamás habían visto a una perra con una gorra de pelotero.

 

Gorra de pelotero: gorra, gorra de “beisbol”. La que lleva MIlú en la fotografía.

 

 

Milú (la perrita artista)

–¿Una perra puede llevar tutú?–preguntó Luisa.

–No lo sé, pero igual se lo pondré –dijo Elsa, decidida.

La perrita debía ganar el Concurso de Belleza Animal, así podría ser la mascota del equipo de Ballet del colegio.

Pero a la pequeña Milú no le hacía gracia llevar aquellas ropas apretadas, que le causaban picor en el cuerpo. Además, sentía como la tela se le enredaba entre los pelos y le dolía. Quería librarse de aquel disfraz. Se arañaba con las patas, tratando de zafarse todo eso del cuerpo. Pero nada funcionaba, la ropa seguía en el mismo lugar.

Pero Milú no sabía que alguien la observaba, escondida entre una cortina rosada. Era Ana, la niña más callada del colegio, que siempre estaba pendiente de todo, mirando lo que los demás no veían, o quizá sí veían, pero no le prestaban atención.

Cuando empezaron a llamar a los concursantes, Elsa se giró para cargar a su perrita. Entonces pegó un grito muy alto; Milú se había ido.

Corrió de un lado a otro, llamándola. Buscó debajo de las sillas, detrás de las cortinas, dentro de los armarios y hasta en las gavetas. Sabía que una perra no cabía en una gaveta, pero estaba desesperada. Luisa la ayudaba gritando el nombre de la mascota. Pero todos los intentos fueron en vano; Milú no apareció.

Elsa comenzó a llorar con lágrimas gruesas que mojaron sus zapatos y Luisa la abrazó y se unió a su llanto.

Entonces oyeron el nombre de Milú. La estaban llamando por los altavoces. Ya le tocaba el turno de salir y no había rastros de ella por ningún sitio.

Elsa y Luisa seguían llorando sin parar.

En ese momento llegó Ana y las tocó a las dos. Las tres oyeron aplausos y miraron hacia el escenario. Allí estaba Milú, hermosa y contenta, desfilando, como toda una artista.

–Las ropas le molestaban, se las he quitado–dijo Ana.

Pero no se las había quitado en verdad, sino que las había sustituido por una bella corona de cintas que Milú lucía con gracia y alegría.

Era la mejor perrita artista que habían visto y sería la mejor mascota que cualquier equipo pudiera tener.

La fiesta de todos los mundos

Aquel día era el más especial del año, porque era el único en el que el mundo de la fantasía y el real, se unían en una celebración.

Cada año nacía un nuevo rey en algún país del mundo y todos los habitantes de la tierra se reunían a celebrar junto a aquellos seres fantásticos que venían cargados de regalos.

Llegaban en carrozas adornadas de todas las cosas que solo existen en los mundos de la fantasía: luciérnagas de ojos de sol, estrellas de mar lumínicas, arcoiris de cuatrocientos colores, hojas bailarinas de árboles multicolores y otras cosas bellas.

Eran conducidas por todos los seres que solo se podían ver en las películas. Había hadas de luz, elfos de orejas de algodón, unicornios con cuernos de azúcar, dragones que escupían fuegos artificiales, brujitas montadas en globos, ninfas con guitarras que cantaban por sí solas, sin que nadie las tocara, gigantes vestidos con nubes, sirenas con colas largas fosforescentes y muchos otros seres hermosos y maravillosos.

Miles de carrozas rodaban por un trayecto largo, de muchos kilómetros,  haciendo este grandioso espectáculo. Las personas las seguían, gritando y cantando al compás de las canciones divinas que estos seres entonaban.

Los seres fantásticos iban regalando bolsitas llenas de sueños, que lanzaban a las personas que estaban alrededor de la caminata. Mientras, las personas les enviaban de vuelta, caramelos de fresa y chocolate, que no había en aquellos mundos de donde ellos venían.

El recorrido iba hasta el castillo y justo frente a la gran puerta de hierro, se detenía. El guardia del castillo sacaba una gran trompeta de cuatro metros, que parecía más grande que una torre; y soplaba con mucha fuerza, dando la señal de que todos estaban listos para recibir al rey.

Entonces salían el rey padre y la reina madre al balcón y alzaban al niño en brazos, mostrándoselo a todos. Ahí, en medio de un gran silencio, se oía el llanto del rey y comenzaba la fiesta.

Era solo un bebé acabado de nacer, muy pequeñito, pero tenía una gran importancia, porque era el motivo para que la fantasía saliera de esos mundos de los cuentos y se hiciera realidad, en algún lugar de la tierra.

La fiesta duraba toda la noche y la madrugada. Nadie dormía ese día, solo bailaban, saltaban, cantaban y festejaban hasta que la luna se escondía.

Cuando el día acababa, el sol asomaba por entre las nubes, dando la señal del fin del día anterior y el comienzo de uno nuevo. Entonces todos se despedían entre besos y abrazos y todo volvía a la normalidad. Los seres fantásticos se iban a sus mundos y las personas a sus casas.

Pero todos se iban deseando que llegara el próximo seis de enero, para que naciera otro rey, en algún país y poder bailar juntos en la fiesta de todos los mundos.

Un mundo de algodón de azúcar

Era su primera Navidad, así que pidió el mayor deseo que tenía su pequeño corazoncito y escribió en la carta para Santa: “deseo que todas las personas del mundo sean felices”. La dobló y la puso en la bota de tela roja que su madre siempre ponía detrás de la puerta.

Al otro día, despertó antes de tiempo, con un sol violeta que le pegó en la cara. Cuando abrió los ojos y miró por la ventana, se quedó boquiabierto; no podía creer lo que veía. La tierra era rosada, como el algodón de azúcar y había muchísimos niños corriendo de un lado a otro, saltando entre ese pegajoso piso. Algunos comían pedazos de este rico dulce de algodón de azúcar y otros se los tiraban a la cara, riendo a carcajadas. Lloraban de tanta risa y se daban abrazos, embarrándose más el cuerpo. Pero lo más raro y gracioso era que todos esos niños eran los mismos adultos que conocía.  Todos estaban convertidos en niños. 

Se dio cuenta de que aquello no era más que un sueño, así que volvió a su camita y se tapó con la sábana de pies a cabezas.

Cuando despertó estaba muy feliz, porque sabía que Santa lo había oído y le había regalado el mejor sueño y la mejor idea para que su deseo se cumpliera. A partir de ese día, cada vez que un adulto se sentía triste, le decía:

 –Come un poco de algodón de azúcar

Como era un niño muy noble, todos le hacían caso y al momento de probar el dulce, sus rostros mostraban una amplia sonrisa, de forma mágica.

Desde el Polo Norte Santa sonreía, pues ni siquiera tuvo tiempo de recibir la carta. Aquel pequeño niño había convertido su propio deseo en realidad con algo tan simple como soñar con un mundo de algodón de azúcar.

Imagen: Pixabay

La primera mariposa

Todos le decían que era una oruga y ella no lo entendía, pues siempre creyó que era una mariposa, aunque todas sus hermanas le decían que era una simple oruguita, como ellas.

Llegó el invierno y tenía mucho frío, así que se hizo un abrigo muy fino y brillante que la matendría calentita por un tiempo. Era tan cómodo, que se quedó dormida en su abrigo por varios meses.

Cuando los primeros rayos del sol de la primavera se colaron por la tela de su abrigo, despertó. Sintió unas ganas enormes de moverse y bailar; y así lo hizo, bailó durante horas, hasta que el abriguito cayó al piso. Dejó que el sol le calentara la cara y rió feliz. Descubrió que, como todas las orugas, se había convertido en una mariposa.

Mientras volaba por las nubes vio a sus hermanas, que también bailaban felices, porque sabían que algún día serían bellas mariposas como ella.

El niño y la flor

Había una flor triste y solitaria,

en un jardín olvidado.

Era tan pequeñita, que todos se habían ido de la casa

y entre los arbustos la habían dejado.

Era más roja que el sol ardiente

pero nadie la veía desde la calle.

Aunque pensaba que algún día sería grande,

que un día crecería,

este día, en que todos se fueron,

la olvidaron.

Sus lágrimas, del tamaño de una hormiga,

corrían como un río por su tallo y sus espinas

y nadie oía sus gritos desesperados.

Pero fueron estas mismas hormiguitas,

las nobles obreras de la tierra

que a sus pies se habían quedado,

que llamaron a aquel niño que pasaba por la calle,

cantando, despreocupado.

Le hicieron cosquillas con sus paticas

y el niño no tuvo mas remedio que mirar;

y lo que miró fue lo más hermoso.

Era la flor más bonita que había visto,

con pétalos tan suaves y brillantes

como la seda que nunca había tocado.

Le dio un beso, el más amoroso,

secó sus lágrimas

y por la magia de su beso,

la pequeñita rosa creció.

Estaba tan feliz, que hasta el cielo se empinó.

Tocó al Sol y a la Luna,

con las estrellas bailó.

Se sintió libre y agradecida,

abrazó a su pequeño nuevo amigo

y en ese abrazo,

como el mismo universo, aquella amistad se hizo enorme.

El niño ahora es un adulto, todo un hombre

que cada día, con el primer rayo del sol,

antes de ir a trabajar,

sale al jardín de aquella casa que compró

y le da un beso y el mejor “buenos días”

a su eterna amiga, la flor.

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